El Vestido
La utilización de la prenda de vestir surgió como una
necesidad de los primitivos grupos humanos de protegerse de las bajas
temperaturas y de recorrer más territorio, esto los obligó a protegerse con
pieles de los animales que cazaban, las cuales eran puestas a secar. Con cuchillos de piedra cortaban el cuero en tiras de
distintos tamaños que luego se colocaban encima del cuerpo.
Los
individuos que vivieron durante el periodo del Paleolítico cubrían el
cuerpo con pieles a manera de taparrabos, que sujetaban con tiras de cuero
crudo; se adornaban con collares hechos con uñas y dientes de los
animales que cazaban para su sustento, así como también de caracoles, que
enhebraban en finas tiras de cuero.
Entre los
primeros ropajes figura el taparrabos y la túnica. El uso de las pieles
producía ciertos dificultades, el cuero que cubria los hombros estorbaba y
molestaba para los movimientos, además dejaba al descubierto parte del cuerpo,
por tanto, se hacia necesario darle una forma, incluso careciendo en un
principio de medios para ello. Otro problema radicaba en que las pieles de los animales, al secarse, se
endurecían y resultaban intratables.
Había que
encontrar algún método para hacerlas suaves y flexibles. El procedimiento
más sencillo era una laboriosa masticación. Otra práctica consistía en
humedecer la piel y golpearla con un mazo repetidamente.
Cuando se
descubrió que al frotar aceite o grasa de ballena en la piel, esta se mantenía
flexible durante más tiempo, hasta que el aceite se secara, esto representó un
gran adelanto. La corteza de ciertos arboles, sobre todo del roble y del
sauce, contiene acido tánico que se obtiene por un proceso de maceración de la
corteza en agua, sumergiendo la piel en esta solución durante un buen tiempo.
Las pieles, luego de este método, se hacen flexibles e impermeables.

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